¿Aprender a decir que “NO”? NO, gracias

Uno de los fallos que más veces me han detectado en el ámbito laboral, académico y personal ha sido que “no sabes decir que no. Tienes que aprender a decir que no”. La explicación suele ser que mi disposición por hacer cosas y ayudar a los de alrededor acaba por enterrarme bajo montañas de trabajo y a menudo me veo asumiendo problemas de otros y trabajando más horas de las necesarias por ayudar a algún compañero. Creo que tienen parte de razón cuando me dicen esto. Efectivamente, no sé decir que no, o más bien, lo hago poco.

Pero creo que la segunda parte, la de “tienes que aprender a decir que no” no es del todo cierta. Creo que en este mundo sobra gente que sabe decir que no, y falta gente que sepa (y quiera) decir que sí.

Creo que hay que aprender a decir que sí, en tres ámbitos y con tres significados bien diferentes.

–          El “SÍ” valgo

Mis compañeros de promoción sabrán la de veces que pude llegar a decir eso de “tú echa el CV y que decidan ellos si les gustas o no”. Venían a la universidad grandes empresas en busca de candidatos para incorporarse y al terminar solo unos pocos entregábamos nuestros CVs. Otros muchos salían de allí como habían entrado y decían “uf, estos buscan solo cracks. No me voy a molestar en echar el CV”. Es algo que nunca entenderé. Hasta la fecha, entregar CVs en mano o mandarlos por email, no tiene prácticamente coste alguno, es decir, hay poco que perder y bastante que ganar. Quizás es cierto, quizás eches un CV y no te llamen para una entrevista, pero desde luego es imposible que lo hagan si no muestras tu interés. ¡Qué cuesta enviar un CV!

Sobre esta habilidad para “autodescartarnos”, Sheryl Sandberg, actualmente COO de Facebook y una mujer de mucho éxito en el mundo de los negocios, explica con buenos ejemplos en su libro “Lean In” que es mucho más habitual entre las mujeres. Tal y como relata en su libro, en el mundo de los negocios hay muchas mujeres que tras recibir una oferta de promoción por parte de sus superiores han rechazado por no sentirse preparadas, por no dominar absolutamente todas las capacidades o conocimientos requeridos y recomendados para el puesto. Las mujeres sentimos a menudo que esos puestos se nos quedan grandes. Si tus superiores, que probablemente te conozcan bastante bien, han decidido apostar por ti, probablemente no estén muy confundidos y estás preparada o bien podrás estarlo con algo de formación y tiempo.

Cuando terminé el Bachillerato mi tutor me invitó a participar en un examen para el Premio Extraordinario de Bachillerato del País Vasco. Mi primer pensamiento fue algo así como “¿para qué voy a ir, si no lo voy a ganar?”. Mi tutor me dio más detalles. El examen, sería la semana siguiente a la Selectividad y el temario era el mismo. Yo no tenía ningún plan para esa semana y, por lo tanto, tenía más bien poco que perder, así que decidí presentarme. Mi inversión sería de 3 horas, la duración del examen, ya que no había que estudiar nada, porque todo estaba reciente de la selectividad.

Unas semanas más tarde me comunicaron que estaba entre los ganadores y me convocaron a una entrega de premios. Reconocimiento, premio económico y un mes de curso, alojamiento y actividades en Canadá. Esa fue mi primera oportunidad para poder viajar y hacer lo que siempre había querido, estudiar inglés en el extranjero. Conclusión: con una inversión de 3 horas, gané una experiencia de mi vida y unas amistades que a día de hoy siguen siendo muy importantes en mi vida. Todo ello porque decidí probar suerte a riesgo casi 0.

Nunca te autodescartes: Aunque creas que tienes pocas opciones, un esfuerzo pequeño puede reportarte grandes beneficios.

 –          El “SÍ” tengo tiempo

Otra cosa que no apoyo en absoluto es esa excusa tan recurrente de “no tengo tiempo”. A menudo la gente no tiene tiempo para hacer un curso de formación, para aprender un nuevo idioma o para empezar a hacer deporte. Es sorprendente cómo a veces personas con jornadas laborales de 8 horas o jornadas de estudio de 5 horas y sin obligaciones familiares ni de otro tipo “no tienen tiempo” para mejorar su inglés, para hacer deporte, o para hacer ese curso de cocina del que llevan tanto tiempo hablando. Luego somos capaces de perder 3 horas al día viendo la televisión o 2 horas en Facebook. A todos aquellos que dicen no tener tiempo, les recomendaría que se sentaran con papel y boli a anotar sus obligaciones y actividades diarias, teniendo en cuenta su prioridad. Creo que como resultado, muchos se darán cuenta de que SÍ tienen tiempo, si realmente quieren tenerlo. Además, tengo el firme convencimiento de que cuantas más cosas tienes que hacer, mejor organizas tu tiempo, y como resultado, más consigues hacer. Mi anterior post, hablaba precisamente de cómo gestiono mi tiempo para conseguir llegar a casi todo.

Si quieres, SÍ tienes tiempo

–          El “SÍ” te ayudo

Otra cosa que no deja de sorprenderme, y de disgustarme, es la facilidad con que negamos la ayuda a la gente de nuestro alrededor, con la que nos negamos a hacer un esfuerzo extra por los demás. En las oficinas no deja de verse gente que de manera recurrente sale de la oficina a las 17.30, mientras otros tienen que dejar su vida personal a un lado porque se ven obligados a salir a las 22:00, para poder sacar el trabajo pendiente. Y cuando entra algún nuevo trabajo que hacer, ¿quién es el que dice estar “muy liado” y no poder arrimar el hombro? Efectivamente….siempre ayudan los mismos. ¿Cómo puedes ver a un compañero agobiado y no arrimar el hombro? Al final, se acaba entrando en una dinámica destructiva de “yo no ayudo, porque él tampoco me ayudó”. Quizás esto, de alguna manera, esté relacionado con el “effort aversion” sobre el que he leído hoy por primera vez en el periódico. El estudio dice que la “gente decide esforzarse menos, incluso si esto significa una menor satisfacción personal” si no hay una compensación económica detrás. ¡Qué triste leer algo así!

Antes de decir “NO”, párate a pensar cuánto te cuesta realmente ayudar a esa persona y cuál es el beneficio que tendrá para la otra persona

En conclusión, en lugar de aprender a decir “no” ¿por qué no aprendemos todos a decir “sí”?  

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¿Qué opináis vosotros?

¿Estáis de acuerdo conmigo en que sobra gente que sabe decir que “no” y falta de gente que sepa decir que “sí”?

¿Qué “no” es el que más os irrita?

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Aprovecho para disculparme por haber tardado tanto en actualizar y porque tengo previsto no actualizar en las próximas dos semanas.

Me espera un viaje de casi tres semanas de ensueño y desconexión por Tailandia. Prometo volver con muchas fuerzas y grandes posts.

Así es como consigo llegar a (casi) todo: Mis 7 hábitos personales para la gestión del tiempo

Una de las frases que más veces he oído en los últimos años es la de “¿Cómo lo haces para que te dé tiempo a hacer todo lo que haces?”. La verdad es que una de las cosas que más me satisfacen es irme a la cama con la sensación de haber exprimido al máximo las horas del día. Es una sensación gratificante, como de trabajo bien hecho, de haber aprovechado cada minuto, que a mí me llena de energía para el próximo día.

Es cierto que soy una persona que hace de todo y, por lo general, acabo llegando a todo. Una vez más, es cuestión de proponérselo. Recuerdo las charlas en casa en las que me insistían en “priorizar. No puedes hacer de todo”. ¡Y vaya que sí pude!

Ahora puedo trabajar en consultoría (con la fama que el sector tiene), estudiar idiomas, hacer deporte, ser voluntaria y todo ello sin renunciar a momentos de ocio y de disfrutar con amigos y familia.

Para todos aquellos que me siguen preguntando “¿Cómo llegas a todo?” y por si a alguien le ayuda, he aquí mis 7 hábitos relacionados con la gestión del tiempo, siguiendo con la idea de Stephen R. Covey en sus “7 hábitos de la gente altamente efectiva” (Confieso no haber conseguido terminarlo todavía…):

1)      No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy

Esta ha sido mi máxima durante mucho tiempo. Si puedes hacer algo ahora mismo, sin comprometer su calidad y con los mismos resultados que hacerlo mañana, para qué responder “voy a….” o “tengo que…”. Simplemente, hazlo.  Por supuesto, muchas veces no es posible hacer las cosas de inmediato, bien porque estás haciendo otra cosa, porque debes esperar a algo. Pero me pone nerviosa los “voy a…” y “tengo que…” desde el sofá.

Si tienes que llamar a alguien, llámale, antes de que se te vaya el santo al cielo y se acumule en tus cosas que hacer. Si un sábado te acuerdas de que tienes que ir a lavar el coche, ¿por qué no lo haces y te liberas cuanto antes?

2)      Planifica: haz un horario visual, como en el colegio

Reconozco que en esto soy como los niños. Tener una rutina y unos horarios aproximados me ayuda a ganar en productividad. Cuando eres consciente de que tienes un tiempo X para hacer algo y después vas a tener que dedicarte a otra cosa, eres capaz de aprovechar más y mejor el tiempo. Ese fue quizás uno de mis trucos durante la carrera. Compaginando estudios y trabajo, sabía que tenía, supongamos, 2 horas, de 19:00 a 21:00, para hacer un trabajo. Esas dos horas para mí eran mucho más productivas que las 4 ó 5 que habría tenido disponibles si me hubiera dedicado al 100% al estudio.

Me gusta tener un plan semanal, como los que hacíamos en el colegio, en Excel, en forma de tabla y con colores. Me sirve para empezar el curso, o el año, y llega un momento en el que lo tengo interiorizado y no me hace falta, pero me gusta visualizar mis tareas del día a día, aunque sea a grandes rasgos

3)      Concéntrate

Durante mis estudios, también se sorprendía mucha gente de los resultados que obtenía en exámenes dado el tiempo que dedicaba al estudio. He ahí mi otro gran truco: dedicar 95%-100% de mi atención a la tarea que tengo entre manos.

Esto quiere decir que si estando en clase haces un esfuerzo por concentrarte durante, supongamos, una hora, al máximo en la explicación que te están dando, evitarás tener que dedicarle dos horas en entenderlo y memorizarlo por tu cuenta. El estar muy concentrado y atento a algo no solo te ayuda a entender algo (esencial) sino que, sin querer, estarás memorizando una gran parte.

En ese sentido, para estar concentrado delante del ordenador, recomiendo los consejos de Ángel sobre cómo evitar las distracciones cuando escribimos un post.

4)      Madruga (o si lo prefieres, trasnocha)

No sé si a quien madruga Dios le ayuda o no, pero lo que sí sé es que le cunde más el día.

Siempre he sido una persona muy de mañanas. Aprovecho la tranquilidad de las primeras horas del día para hacer aquellas cosas que durante el día me llevarían más tiempo por el tráfico, las llamadas de teléfono, las continuas interrupciones, etc. Reconozco que soy de esos especímenes con la suerte de que no les cuesta mucho madrugar y que se levantan pensando “¡qué bien tener todo el día por delante!”. Y si el día se puede comenzar haciendo deporte, mejor. Recuerdo la sensación de empezar el día con unos largos en la piscina y aquello era energía para todo el día. Ahora mantengo la costumbre de hacer deporte a primera hora siempre que puedo. Me gusta correr un domingo por la mañana antes de que las calles se llenen de gente paseando y llegar a casa con las pilas puestas, mientras muchos se están desperezando.

En ese sentido, hay dos tipos de personas: las de mañanas, y las de noches. De hecho, en la universidad se notaba muy bien, estaban “los que estudian de mañanas” y “los que estudian de noches”. Creo que muchas de las cosas que yo hago y sentimientos que experimento a primera hora son aplicables también a las noches, para aquellos que las aprovechen mejor.

5)      Aprovecha los tiempos muertos

Esta costumbre (obsesión) la tengo desde muy pequeña. Los trayectos en el autobús de mi casa al colegio duraban unos 30 minutos y nunca iba quieta. Si iba sola en el autobús, aprovechaba para hacer los deberes del día siguiente o para leer unos apuntes. Nunca me han gustado los tiempos muertos. Ahora cada vez que viajo, aunque sea 10 minutos de tren o 12 horas de vuelo, siempre llevo algo para leer o para hacer. Si no tengo nada importante que hacer, acabo viendo una película o escuchando música, pero si puedo invertir ese tiempo en hacer algo de tal manera que luego me evite el tener que ponerme a ello cuando podría estar haciendo algo mejor (por ejemplo, una vez llego a mi destino), no lo dudo.

Esta costumbre me acaba llevando a:

  • Leer/trabajar en la medida de lo posible en el transporte público, en las esperas en el médico
  • Estudiar en la playa. Por supuesto, si he salido el día anterior o estoy cansada, duermo y si estoy de charla con mis amigos, la disfruto, pero si no, ¿en qué puedo invertir ese tiempo de estar boca abajo?
  • Aprovechar las pausas para comer. Según mi horario oficial, tengo una pausa de dos horas para comer. Ante eso, puedo ir a casa, comer, ver la tele y volver, o comer en media hora y aprovechar la otra hora y media para hacer deporte, aprender idiomas o escribir estos posts.

6)      Varía de actividad

Cuando dedicas demasiado tiempo seguido a algo, la curva de la productividad desciende de manera importante. Los expertos dicen que aproximadamente cada hora y media hay que descansar. Creo que esto es muy importante. Trabajar 10 horas sin apenas parar no es sano. En las épocas de mucho trabajo, siempre he preferido parar para ganar en productividad. Siempre que puedo, además, intento hacer deporte, pues eso me hace “desconectar” y llenarme de energía para lo que queda. Si una jornada de trabajo prevista de 8 de la mañana a 7 de la tarde, la partes en dos y dedicas una hora a hacer deporte, o salir a comer, o ir a pasear, probablemente seas capaz de sacar más trabajo del previsto y acabes saliendo antes.

7)      Herramientas que utilizo a diario: Checklists y Google Calendar

En la universidad he llegado a tener 3 agendas diferentes para cada curso y ayudarme con una PDA. Empezar el curso con la costumbre de utilizarla era una cosa fácil, pero conforme pasaban los meses acababa dejando de consultarla (aunque sí apuntaba) y, posteriormente, dejando de apuntar nada en ellas. Mi método era entonces, comprar una agenda nueva, con nuevos colores y así me motivaba a usarla durante unas semanas. Al final, no conseguí acostumbrarme al 100% a utilizar una agenda escolar.

Ahora hay dos herramientas que verdaderamente me ayudan cada día.

Checklist: los primeros 10-15 minutos en el trabajo los dedico a hacer una checklist de las cosas que tengo que dejar hechas a lo largo del día. Tener la imagen de lo que queda pendiente y ver el avance, tachar ToDos, es algo que no solo me ayuda a organizarme sino también me va motivando “ya queda menos”.

Google Calendar: después de muchas agendas, en papel, electrónicas, aplicaciones, he dado por fin con la herramienta que más se adapta a mis necesidades: Google Calendar. Esto es lo que ha conseguido hacer la diferencia:

  • Siempre disponible. A diferencia de una agenda de papel, siempre tengo Google Calendar disponible. Si no estoy delante de mi ordenador, lo tengo en mi teléfono Android. Se acaban esos momentos de “debería apuntar esto pero no tengo mi agenda” o “me he dejado la agenda en casa y no sé si me estoy dejando algo por hacer”. El poder escribir y consultar en cualquier momento desde el teléfono (siempre lo llevo encima) asegura que no abandonaré esta agenda como tantas veces hice con las de papel.
  • Visualización: Google Calendar se puede visualizar de varias maneras diferentes. A mí, personalmente, me gusta la visión semanal (como en mis antiguas agendas escolares) y me permite ver la representación de mis horarios que mencionaba en el punto 2). Me gusta la posibilidad de establecer diferentes calendarios, con colores y avisos diferentes. Esto me ayuda a establecer prioridades, ya que puedo ver de un vistazo qué actividades corresponden al calendario “trabajo” “exámenes” y cuáles, en cambio, son “ocio”, “opcional”, etc.
  • Avisos: ya no hace falta que “abra” la agenda para consultar qué tengo que hacer durante el día. Me llegan avisos de Google Calendar a mi móvil un tiempo antes (lo puedes configurar, para minutos, horas o días antes) a través de un email y después de un aviso. Así, me aseguro que no habrá algo que escribí en la agenda y que no he visto que tenía que hacer.

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¿Qué tal se os da a vosotros la gestión del tiempo?

¿Qué os parecen mis hábitos? ¿Propondríais algún otro?

Por cierto, he cambiado el diseño del blog, intentando personalizarlo poco a poco. ¿qué os parece?

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Antes de acabar, quería aprovecha para decir que el anterior post ha batido record de visitas y comentarios y parece que ha levantado bastante expectación. Muchas gracias a todos los nuevos seguidores y a quienes me habéis apoyado, espero poder seguir creando contenidos que os resulten interesantes

Mi propio plan estratégico

Hace unos cinco años mis compañeros de promoción y yo misma teníamos bien claras nuestras metas y qué teníamos que hacer para alcanzarlas. Hoy, ya no tanto. Durante la universidad, sabíamos que teníamos que terminar la carrera y a ser posible con una buena media para el día de mañana tener trabajo, teníamos que mejorar el inglés y sacar algún título para poder disfrutar de nuestro semestre de intercambio en algún destino que nos atrajera y teníamos que ahorrar dinero para poder salir de casa de nuestros padres o para comprarnos ese coche o moto que cada vez se nos hacían más necesarios.

Ahora, después de haber hecho el semestre de intercambio, con trabajo y un coche, ya no sabemos qué más tenemos que hacer. En ocasiones nos sentimos algo perdidos y, simplemente, nos dejamos llevar. Estamos, como dice una buena amiga, “viendo nuestra vida pasar”.

Con la graduación, se acaba una etapa, en la que todo estaba planificado y empieza una nueva etapa, casi como un lienzo en blanco.

Es el momento de marcar una nueva ruta, y esta vez nadie lo hará por nosotros. Es el momento de trazar un plan a largo plazo y esto no es cosa fácil…

Lección 1: Acabada la época de estudiante (si no, antes) toca reflexionar sobre nuestros objetivos a largo plazo

Lo más complicado es ser consciente de la necesidad de sentarnos a pensar, de reflexionar, de marcar metas para construir el camino. Recuerdo que hace unos años, en un taller dinamizado por Joserra Mandiola, dentro del programa Innovandis, nos habló por primera vez de hacer nuestro Plan de Vida. Curiosamente, llevábamos años aprendiendo a diseñar estrategias y orientar las acciones de empresas y todo tipo de organizaciones, y resulta que nunca se nos había ocurrido hacerlo para nuestra propia vida.

Lección 2: El sentido común y los principios de la gestión de empresas son aplicables a tu propia vida

Después de varios años con la idea de ir a Estados Unidos a estudiar un MBA en mente, un buen amigo me hizo una pregunta muy sencilla: “¿Y para qué?” .Me di cuenta de que mi respuesta estaba completamente vacía  “Para ir a Estados Unidos, para estudiar, para tener un MBA”. Estaba confundida. Ir a Estados Unidos, estudiar, tener un MBA no son más que un medio para alcanzar alguna ambición, y no pueden entenderse como fines en sí mismos.

Esto me lleva al famoso pasaje de Alicia en el País de las Maravillas:

 -¿Podría decirme, por favor, qué camino he de seguir desde aquí?

-Eso depende en buena medida del lugar adonde quieras ir- dijo el gato

-No me importa mucho a dónde… –dijo Alicia.

-Entonces no importa por donde vayas –dijo el gato.

 Mi versión del Plan de Vida: un árbol de objetivos

A continuación, resumo cómo fue el proceso de autorreflexión que hice hace unos pocos meses y que se basa en una representación sencilla y rápida de objetivos. Sigue un poco la idea del Plan de Vida que ya nos habían enseñado pero lo he personalizado un poco.

Papel y boli en mano, lo primero fue identificar ambiciones, metas, a dónde quería llegar en el futuro. Traté de visualizar mi vida y mi “yo ideal” en 20-30 años (a más largo plazo se me hace demasiado complicado). En mi caso, acabé llegando a 7-8 ambiciones a largo plazo, que al revisarlas me dí cuenta de que unas eran derivadas o generalizaciones de otras y se podían agrupar, reduciéndolas a 4-5 grandes metas a alcanzar (Nivel I).

Estas metas son generales, no detallan plazos. Son lo que podríamos asemejar a nuestros objetivos estratégicos.

Algunos temas que pueden orientar son: situación familiar, laboral, salud, amistades, crecimiento personal. En definitiva, ¿cómo quieres que ser tú mismo cuando tengas 40-50 años?

Lección 3: Deberías ser capaz de identificar, al menos, un par de grandes ambiciones que te inspiren

A partir de ahí, el siguiente paso es preguntarse qué necesitamos conseguir para alcanzar cada uno de esos 4-5 objetivos de Nivel I que nos hemos propuesto. Para ello, hay que preguntarse “Para alcanzar ese objetivo estratégico, ¿qué tengo que hacer?”. Por ejemplo, supongamos que una de nuestras grandes metas es “Ser Independiente”. Para ser independiente, debemos, entre otras cosas:

–         Tener seguridad personal

–         Tener recursos suficientes

–         Tener buena salud

Estos serían los objetivos de Nivel II. A su vez, esto puede desglosarse en más y más niveles (Tener buena salud implica llevar una vida saludable, lo que a su vez lleva a alimentarme de manera correcta, dormir 8 horas y hacer deporte de manera regular). Los objetivos son cada vez más operativos, más cortoplacistas, y acaban convirtiéndose en metas cercanas, concretas, medibles, alcanzables, realizables, (típico acrónimo SMART) o en buenos propósitos de fin de año 😉

Al final, nuestra lista de ambiciones y objetivos se convierte en un árbol, cuyas últimas ramas deberían orientar nuestro día a día, debería ayudarnos a la toma de decisión y a decidir en qué invertir nuestro tiempo y nuestros esfuerzos de los próximos días.

Por si ayuda a entenderlo mejor, un ejemplo para representar a qué me refiero con este “árbol de objetivos”:

Los ejemplos son un poco tontos, pero puede ayudar a representar la idea

Los ejemplos son un poco tontos, pero puede ayudar a representar la idea

Existen algunas herramientas que pueden ayudarnos a representar estas nubes de ideas y estas relaciones, por ejemplo, MindMeister.

¿Cómo y para qué utilizarlo una vez hecho?

Mi árbol de objetivos, lo más limpio posible, lo guardo en un cuaderno y sé que está disponible cuando necesito retomar el rumbo. Así, si se me presenta una oportunidad y tengo que tomar una decisión, miro el cuaderno e intento buscar si tiene encaje en mi “plan estratégico”.

Si al realizar mi reflexión no he identificado la necesidad de estudiar un máster en Estados Unidos en ninguno de los niveles, ¿acaso tiene sentido que lo haga? Pues puede, pero siempre y cuando no desvíe tu atención y tiempo de cosas que claramente sí tienes que hacer para alcanzar tus metas.

Alguien me dijo una vez “Esta empresa me paga un máster en una universidad de prestigio, ¿cómo no voy a aceptarlo?” y recuerdo que claramente le respondí “El máster no es bueno o malo en sí mismo, todo depende de la utilidad que tenga PARA TI. Si racionalmente consideras que estudiar ese máster es necesario para alcanzar lo que quieres en un futuro, adelante, pero no te dejes llevar por el “es lo que hay que hacer”, “estas oportunidades hay que aprovecharlas” Piensa si podrías utilizar ese tiempo en algo que claramente te acerque a donde quieres llegar”. PRIORIZA.

Cuando terminamos la ESO mi profesor de física me llamó a su despacho. Se había enterado de que había elegido un Bachillerato de Ciencias Sociales y de que sentía interés por la economía. Aquel hombre no podía entender que una persona con buen expediente, con buenas notas en matemáticas y física, no apostara por un bachillerato científico y una carrera de ingeniería. “Tú, con tus notas, podrías estudiar una ingeniería industrial o de telecomunicaciones que es lo que muchos quieren y no consiguen”. Aquel discurso tuvo poco o ningún efecto sobre mí. Jovencita, pero en aquel momento muy segura, le dije “Efectivamente, podría hacerlo, pero no es lo que quiero”. Y no me arrepiento, creo que tomé la decisión correcta, la que mejor encajaba con el “yo” que quiero ser.

Lección 4: Las cosas no son buenas (oportunidades) o malas (amenzas) por sí mismas, todo depende de tu meta y de si eso te acerca o no a ella

Por último, no olvidemos que la vida no puede basarse en un plan estratégico y de que a veces sentimos las necesidad de hacer cosas “just for the fun of it”. Esas cosas son sanas y necesarias y, de hecho, seguramente seríamos capaces de identificarlas como uno de los requerimientos para alcanzar algún objetivo de nivel superior. No es cuestión de obsesionarse. Personalmente, este plan me ayuda por el simple hecho de hacerlo y puedo revisarlo cuando siento que, como digo yo, necesito retomar las riendas y el rumbo de mi vida. Los planes estratégicos deben inspirar, orientar y ayudar a priorizar, no encorsetar o limitar.

Lección 5: Tu plan estratégico debe facilitarte la vida, no complicártela 😉

Espero que estas ideas resulten útiles y, si es necesario, ayuden a alguien a coger las riendas de su vida 😉

Os dejo con un vídeo inspirador que viene al caso. Gracias a Rafa por la idea.

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¿Alguien hace este tipo de reflexiones? ¿Cómo las hacéis?

¿Creéis que es una buena costumbre hacer esto o es mejor “improvisar”?

¿Crees que un plan así puede limitarnos?